La vida de los niños en La Familia

En los últimos meses, han aparecido en diversos medios estadounidenses varios testimonios de niños que crecieron dentro de La Familia, al igual que también hacía el año pasado Joaquin Phoenix, conocido actor estadounidense. Las mellizas de 34 años de edad, Flor y Tamar Edwards, crecieron dentro de La Familia, y desde hace relativamente poco están empezando a descubrir aquellas cosas que a los niños de nuestra cultura son cotidianas. 

Flor y Tamar crecieron en Huntington Seaside, California, a finales de los años sesenta, en plena época hippie del “amor libre”. Las gemelas explican cómo el grupo vivió como nómadas y se cerró a la sociedad moderna,  convencidos de que ellos formaban parte de un “pequeño grupo de escogidos por Dios” para ser salvados cuando llegara el Apocalipsis.

La familia Edwards residía en Los Ángeles cuando se unieron a los Niños de Dios (La Familia) y en 1985, cuando las gemelas tenían 5 años de edad, el líder decidió que sus seguidores debían marcharse de los Estados Unidos. Así que los familiares se trasladaron a Tailandia, donde las gemelas vivieron hasta que tuvieron 12 años de edad, momento en el que el líder decidió que era seguro regresar a los Estados Unidos.

En su infancia, las gemelas reconocieron que a sus 12 años de edad les enseñaron que ellas eran “mártires de Dios”, inculcando la creencia apocalíptica conforme el final de los tiempos iba a llegar en 1993. Flor afirmó “estar aterrorizada, tremendamente preocupada con el hecho de que llegara el fin de los tiempos”. Recuerdan que vivían en espacios muy pequeños junto con otras muchas personas, que no iniciaron sus estudios hasta los 9 años de edad y que la visión del mundo exterior que se les ofrecía diariamente en el grupo era maligna, “todo estaba mal…la escuela no servía para mucho…la política no servía de nada…no podíamos disfrutar de la música…de hecho, cualquier actividad fuera del grupo era muy mal vista…el Padre David nos enseñaba que todas las iglesias estaban equivocadas”.

Las gemelas expresan haberse perdido la década de los ochenta, hasta el punto que a su salida del grupo se compraron todos los recopilatorios de canciones de los ochenta para ponerse al día, “ya que sabíamos, de oídas, que había alguien que se llamaba Madonna y otro Mickael Jackson, pero no podíamos escucharlo”. Tampoco sabían ni lo que era una sala de cine, “cuando fuimos por primera vez nos quedamos boquiabiertas, como acurrucadas entre nosotras, sin saber qué decir”.

También la escritora Taylor Stevens creció dentro de La Familia, viviendo en diferentes comunas constituidas en casas de clase media – alta de áreas residenciales, con 40 o más personas viviendo en su interior. Como el grupo insistía en que la propiedad no servía de gran cosa, no se alojaban en una misma casa durante mucho tiempo. Cualquier propiedad no pertenecía a ninguna persona, era una propiedad del grupo. Lo mismo se aplica a la idea de familia.

Stevens reconoció que “desde bien pequeña, mi vida era un torbellino de incertidumbre: un constante ir y venir de caras, nombres, acentos y personalidades. Un día, estaban, pero al día siguiente ya no estaban. Y no se sabía el motivo o ni se podía preguntar…. aunque sí hubieron algunas constantes: el estilo de vida, las creencias, el control de arriba hacia abajo, la  falta de individualidad, la poca autonomía y la esclavitud diaria requerida para mantener a tanta gente alimentada y vestida”.

De hecho, con 14 años, Stevens había llegado a vivir en tres continentes diferentes y en más de una docena de países diferentes. La familia de Stevens se trasladó a Asia cuando ella tenía 12 años y durante los cinco años siguientes fueron transitando por diferentes comunas de Japón y Corea del Sur: Tokio, Osaka, Nara, Kobe, Hiroshima y Fukuoka. En ocasiones, vivía con sus padres en una comuna de La Familia, pero la mayoría de las veces vivió con otros miembros del grupo alejada de sus padres. Stevens indica que “mis recuerdos de aquellos años se dividen entre mi vida interior y la vida en las calles. Sólo tengo una vaga sensación de muchas de esas casas, en parte debido a la bruma del paso del tiempo, pero sobretodo al secreto impuesto desde el grupo”.

Stevens añade que el grupo no permitía un trabajo remunerado. De hecho, el dinero para el alquiler u otras cosas que requerían un pago, llegó casi por completo de la mendicidad y venta de literatura, música y vídeos producidos por ellos mismos. Recuerda que “la mayor parte de nuestra comida y ropa provenían de lo que llamamos “el aprovisionamiento”, que básicamente consistía en engañar a la gente para que nos dieran lo que necesitábamos de forma gratuita”. Y como la educación era considerada una pérdida de tiempo, el aprovisionamiento era constante, con lo que Stevens pasaba más tiempo en las calles que en otro lugar.

Cuando alcanzó sus 14 años de edad, empezó a mostrar cierta rebeldía, derivada de la propia extenuación a la que era sometida en el callejeo constante para encontrar dinero. Stevens empezó a mostrarse irritada después de largas jornadas de diez horas llamando puerta a puerta, mostrando su disconformidad con alguno de los miembros de La Familia. Los responsables de la comuna interpretaron tal rebelión como “falta de amor”, así que dispusieron que “un hombre mayor de La Familia debía tener sexo conmigo…una vez en el hotel, con la música romántica, yo ya vi por dónde irían las cosas, así que opté por no dejar de hablar toda la noche hasta que llegada la mañana, el mismo hombre que me había adjudicado dijo que igual nos convenía dormir un poco”.

Poco después, el propietario de la casa en donde vivían decidió derribar el edificio, con lo que tuvieron que desplazarse a otro lugar unas cuarenta personas. Pero no fue tarea fácil encontrar otro lugar para cuarenta personas, así que la comuna se dividió y ella pasó a vivir con dos chicos preadolescentes en una camioneta. Stevens recuerda esa época como “semanas y semanas caminando con sandalias con mucho frío, con los días que se sucedían del mismo modo:  la mendicidad, la búsqueda de comida gratis y como no podíamos dormir todos en la furgoneta, había que buscar algún hotelucho que nos cobijara al menos una noche para poder descansar algo…nos encontramos a menudo hoteles baratos en partes sórdidas de la ciudad, pero sólo nos podíamos permitir una pequeña habitación, ya que la mayor parte de nuestro dinero fue a los líderes comunales para pagar por su estancia en hoteles durante varios días”.

La infancia de Stevens no contemplaba ni la lectura ni escuchar música o ver películas del exterior. Recuerda que empezó a escribir historias a escondidas, aunque cuando los responsables de su comuna descubrieron sus escritos, “los cogieron, los quemaron y me aislaron tres días castigada sin comer…me acusaron de estar poseída, de ser una bruja, querían que confesara mis pecados…e hice lo que ellos querían, les dije lo que querían escuchar…y así creyeron haber exorcizado algo que me habría poseído”. 

Tras ésto, la asignaron a otra comuna en la que pudiera ser más controlada para “no desviarse”. El control y el abuso que había empezado en Japón continuaron, hasta aproximadamente sus 20 años edad, en que empezaron a relajarse algunas cuestiones estando en Sudáfrica.

La salida del grupo fue a sus 29 años de edad, sin estudios, casada con un hombre que había nacido y crecido en la Familia, con dos hijos y sin ningún tipo de ayuda social. Al poco tiempo de trasladarse a Texas se separaría de su entonces marido, a la vez que empezaría a reconstruir su vida y enfrentarse con el trauma vivido. Hace poco tiempo, decidió igualmente regresar a Japón -esta vez de turista- con sus hijos, como un modo de poder hacer frente al trauma.Reconoce que la escritura le ayudado a poder reconstruirse y que con cada libro que finaliza se siente más fuerte.