La madre perfecta de La Familia Hamilton-Byrne

Anne Hamilton-Byrne, una de las pocas líderes de una secta de la historia – y al parecer una de las más crueles- habría operado prácticamente en secreto durante más de dos décadas, manteniendo a su grupo de seguidores escondidos en el campo, en las afueras de Melbourne (Australia). La policía empezó a investigar sobre la base del testimonio de dos niños rescatados tras el allanamiento realizado el pasado 1987. La investigación puso en evidencia que durante los años de liderazgo de Hamilton-Byrne, llegaron a realizar fraudulentamente unas 28 adopciones y habrían recibido cuantiosos “regalos” por parte de sus seguidores. A los niños adoptados, los vestían con idéntica ropa, les blanqueaba su cabello y les sometía a golpes, privándoles de comida y sometiéndoles a diversos grados de tortura emocional.

Su imagen era la de una mujer sofisticada, con gusto por las perlas y su perfume Chanel, tocando el arpa y cantando como una soprano. Fran Parker, un antiguo ex miembro de La Familia dijo recientemente a The Guardian, que “si en la Antigüedad oímos hablar de hechiceras que podían esclavizar a las personas con una sola mirada […] en su caso, tenía una mirada que te penetraba a través del alma, hasta que te rompía”. Como líder de la secta la Familia en Australia, aseguraba ser la encarnación femenina de Jesucristo. Decía “dar amor, tan sólo amor”. A cambio: la esclavitud mental de sus seguidores.

En sus inicios, allá en la década de los sesenta, cuando la búsqueda espiritual empezó a ponerse de moda entre los profesionales liberales y la gente adinerada de Melbourne, Hamilton prometía la plenitud espiritual. Algunos antiguos ex adeptos recuerdan que ya en los primeros contactos, Hamilton les decía: “te he estado esperando […] tú eres especial”.

Con una mezcla de cristianismo, misticismo oriental y profecías apocalípticas, obligaba a sus seguidores -incluidos los niños- a tomar cantidades peligrosas de LSD y otros alucinógenos como parte de ritos de iniciación prolongados. David Whitaker, un adulto que pasó su niñez en la comunidad, aseguró que una vez conseguido ésto, “el siguiente paso era obedecerle en todo, ésta era la única regla, lo que incluía qué pensar, cómo vestirse, qué alimentos comer o con quién casarse o no casarse. La obediencia era total”.

Hace algunos años, surgió la especulación conforme el fundador de Wikileaks, Julian Assange, habría crecido en La Familia. Assange admitió que su madre estuvo emparejada a finales de los setenta con un hombre que había sido un miembro de la secta. De acuerdo con Assange, este hombre había sido “una presencia siniestra” que tuvo “un cierto poder psicológico” sobre su familia, aunque según Assange él nunca tuvo contacto directo con Hamilton-Byrne ni con el grupo en su conjunto.

En el momento del allanamiento policial de la sede del grupo por parte de la policía, Hamilton-Byrne había roto familias y había dejado a los niños educados en su comunidad con secuelas psicológicas de por vida. Un número significativo de ex miembros trataron de quitarse la vida, ya fuera durante el tiempo de estancia en La Familia o después que escaparan.

Se estima que la líder habría llegado a acumular unos 125.000 euros mediante propiedades, terrenos o dinero en efectivo “donado” por miembros del grupo. Aunque la líder se había escondido fuera de Australia, la policía terminó deteniéndola el pasado 1993 por cargos de fraude relativamente menores; de hecho, junto con su segundo marido -el empresario Bill Byrne, a quien un ex adepto describe como “un bolso bonito y caro”-,  le impusieron una multa de unos 4.000€, aunque nunca había tenido que rendir cuentas por los abusos infantiles o la larga lista de otros delitos que se le imputan cuando fue expuesto el funcionamiento interno de la secta.

Ahora, con sus 96 años, Hamilton-Byrne tiene una demencia avanzada y ha vivido en un residencia de ancianos  en Melbourne durante los últimos 12 años. Pero su historia -y la de sus víctimas- no dejará de contarse, gracias a los esfuerzos de Chris Johnston, periodista del periódico con sede en Melbourne The Age , y Rosie Jones, directora de documentales. Johnston y Jones se reunieron por primera vez hace dos años, cuando se dieron cuenta que estaban trabajando por separado en historias sobre La Familia.

A través de uno de los pocos seguidores fieles a la gurú, Johnston y Jones pudieron ir a visitar a Hamilton-Byrne en la residencia de ancianos. Su incapacidad para dar su consentimiento, como resultado de su demencia, comportaba que era imposible entrevistarla o filmarla. Sin embargo, Jones recuerda que “fue un encuentro extraordinario […] iba muy bien vestida de azul y todavía tenía el pelo largo y de color plateado […] su discurso era sobretodo incoherente, se sentó allí con una muñeca de plástico […] y la manejaba con tanta ternura, con tanta suavidad […] me pareció  que su presencia era increíblemente poderosa”.

Ha habido un puñado de féminas que han funcionado como líderes de sectas, pero ninguna ha conseguido rivalizar con la notoriedad destructiva de hombres como Jim Jones, David Koresh o Shoko Asahara. Quizá la que más se acerca es Bonnie Lou Nettles, quien co-fundó la secta ufológica “Puerta del Cielo” con Marshall Applewhite en la década de 1970. Al igual que Hamilton-Byrne, Nettles creía que estaba en una “misión divina”, aunque ella murió de cáncer 12 años antes de  que Applewhite y otros 38 miembros cometieran suicidio en 1997. Otra líder de un grupo sectario es Elizabeth Clare Prophet que fundó la Iglesia Universal y Triunfante en 1975 y a cuyos seguidores animó a construir refugios para prepararse para una inminente guerra nuclear.

Según Johnston, una de las inspiraciones de Hamilton-Byrne era Helena Blavatsky, la fundadora de la Sociedad Teosófica en Nueva York en 1875. “Madame Blavatsky”, como se la conocía, era una acérrima de la sabiduría esotérica; describió la Teosofía como “la síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía” y se encargó de promover el hinduismo y el budismo en Occidente.

Hamilton-Byrne primero llegó a ser atraída por las religiones orientales y la mística cuando tomó clases de yoga a finales de 1950. Más tarde se acercaría también al movimiento Siddha Yoga, donde se vicaría en sus prácticas y recibiría la iniciación shaktipat del mismo Muktananda. Nacida como Evelyn Edwards en 1921, creció en un asentamiento agrícola de una carretera a dos horas al este de Melbourne. Su madre, Florencia, originaria de Wandsworth, del sur de Londres, fue diagnosticada de esquizofrenia paranoide después de haber quemado su pelo en plena calle, pasando 27 años en un psiquiátrico hasta que murió. El padre de Hamilton-Byrne era un trabajador itinerante y pasó un tiempo en orfanatos cuando era niño. Anne Hamilton se casó con su primer marido cuando tenía alrededor de 20, pero éste murió en un accidente de coche. Tuvieron una hija juntos y han habido rumores que ella sufrió varios abortos involuntarios después de eso. Tan sólo recientemente salió a la luz que ella y su marido estaban buscando adoptar un bebé justo antes de morir en el accidente de coche.

Así que el yoga se convirtió en “la salvación” de la joven viuda de treinta años de edad. La práctica del yoga estaba emergiendo en aquellos años, y Hamilton-Byrne empezó a enseñar en la década de los sesenta, principalmente a mujeres de mediana edad en los suburbios adinerados de Melbourne. Johnston indica que “Anne era aparentemente una maestra maravillosa y estas mujeres se convirtieron en sus primeros devotas […] ella era inteligente e intuitiva […] sabía cómo encontrar las grietas en la armadura de la gente. A menudo, estas mujeres estaban en un matrimonio infeliz, o sus hijos habían crecido y buscaban un nuevo significado […] aunque el divorcio todavía no estaba aceptado, animaba a las mujeres a abandonar a sus maridos para reunirse con ella […] también atrajo a hombres homosexuales, ofreciéndoles refugio de las leyes de Australia contra la homosexualidad en el momento”.

Sin embargo, el mejor reclutamiento de Hamilton-Byrne fue el eminente físico de Leeds, el Dr. Raynor Johnson, que era profesor en la Universidad de Melbourne. En aquellos años, el Espiritismo iba ganando popularidad en determinados círculos y Raynor Johnson, cerca ya de su jubilación, estaba deseoso de explorar un territorio poco convencional. Cuando la conoció, dijo que ella tenía “capacidades extrasensoriales”. Incluso, lo hizo aún mejor, y declaró que ella era “el nuevo Mesías”. Tras experimentar con LSD – únicamente para la investigación científica, según él-, escribiría en su diario personal: “sin duda, era la mujer más sabia, serena y amable que jamás conocí […] su cara era de una divina hermosura, de una autoridad sublime y el alma más generosa que jamás conocí”.

Al poco tiempo, Raynor Johnson y su esposa compraron una casa en Ferny Creek, la aldea donde vivía Hamilton-Byrne. En ese momento, nacía La Familia (también conocida como la Gran Hermandad Blanca o Asociación Santiniketan). La respetabilidad intelectual de Raynor Johnson permitió que tanto él como su sacerdotisa empezaran a reclutar a muchos, incluyendo médicos, psiquiatras, abogados, enfermeras y trabajadores sociales. Se llevaron a cabo sesiones semanales de meditación y Hamilton-Byrne empezó a dar sermones –“discursos” como ella los llamaba-, desde un trono púrpura en un pabellón especialmente construido para La Familia y financiado por “donaciones”.

Los primeros niños llegaron a principios de 1970. En aquel entonces, la adopción estaba mal regulada en Australia y la maternidad sin padre todavía llevaba asociado cierto estigma. A través de su red de adeptos, no le resultó difícil a Hamilton-Byrne conseguir bebés. Lex De Man, un detective del cuerpo de policía de Victoria, evidenció que una de las adeptas del grupo era una comadrona que trabajaba en un hospital, a través de la que empezarona conseguir niños en adopción. Por su parte, los adeptos del grupo que trabajaban como abogados, fueron los  encargados de falsificar los documentos necesarios para la adopción.

Hamilton-Byrne dijo a la mayoría de los niños a los que había adoptado de manera fraudulenta que ella era su madre biológica, fingiendo numerosos embarazos con el uso de batas caseras. Aseguraba que ellos sobrevivirían al fin del mundo y pasarían a convertirse en una nueva raza superior. Adam, un hombre que en la actualidad tiene 40 años, entrevistado para el documental, aseguró que “nos teñía el pelo para convencernos que todos éramos hermanos y hermanas […] todos los detalles debían ser pulidos una y otra vez […] los niños no sabíamos nada hasta que en los ochenta saltó el escándalo en los medios de comunicación […] nos decía que ella venía de la realeza, que tenía en propiedad diversos castillos en Europa […] la adorábamos, porque estábamos convencidos que estaba por encima incluso de la Reina de Inglaterra”.

Hamilton-Byrne alojó a los niños en un establecimiento de madera en expansión en el lago Eildon, a dos horas de distancia de la base principal de La Familia. La zona era preciosa, pero totalmente aislada. Los niños, cuyo número llegó a rondar los 28 –incluyendo un par de bebés nacidos de miembros de la secta-, fueron educados en casa. Y es que Hamilton-Byrne quería ser la madre perfecta para una criatura perfecta, aunque de hecho parecía no tener interés en criarlos. Si alguno se mostraba díscolo o le contrariaba, su recurso más utilizado eran sus zapatos de tacón de aguja. La crianza la dejaba a “las tías”, es decir, a un número de adeptas de mediana edad que temían por su propio lugar si no se imponían los castigos adecuados a los niños: presenciar o dar golpes terribles a los niños o imponer el castigo de no tomar alimento alguno durante algunos días por transgresiones menores como ensuciarse la ropa u olvidarse de apagar la luz. Una de los adultas que creció en La Familia en esas condiciones, recuerda que “la negación de la comida era un componente esencial de control […] era la forma de mantenerte débil […] una vez estaba tan hambrienta que me metí en un contenedor a buscar comida y terminé comiendo hojas”.

Además, los sobrevivientes recuerdan a recibir dosis diarias de Mogadon y Valium para mantenerlos dóciles. Por lo general, cuando alcanzaban los 14 años, pasaban por la iniciación formal en el grupo: ésta consistía en tomar enormes dosis de LSD para “tener un viaje que podía durar varios días”. Los efectos fueron catastróficos en algunos de los jóvenes adolescentes, que sufrieron depresión, cambios de personalidad, pesadillas y aislamiento social, a veces durante meses después.

Rosie Jones afirmó que “la naturaleza de larga duración” del trauma emocional y psicológico experimentado por los sobrevivientes de la secta, la sorprendió ún más durante el rodaje del documental. “Me hizo comprender la importancia crítica del amor en el fondo de un niño.” Y es que para la mayoría de los niños, Hamilton-Byrne fue la única madre que tuvieron.